El escenario gubernamental en Chile debe ser en America Latina uno de los más representativos del estado de conciencia del cual se nutre el capitalismo, no deja de sorprenderme la capacidad hegemónica que tiene el actual modelo y las distintas manifestaciones de ello en cada espacio del espectro político y social. Así uno entiende porque las cosas no cambian. El triunfo del mercado, la invisibilidad atroz de las desigualdades, el miedo cotidiano, el posibilismo mediocre del mal menor y como manto de fondo la discusión sobre la democracia y lo que Badiou ha llamado de manera tan certera “la costumbre del voto, última vaca sagrada de nuestros países confortables y agradablemente nihilistas”[1](el problema es que él se refiere a un país verdaderamente confortable, aunque quizás ni tanto). Esta suerte de carácter religioso que ha adquirido “la democracia”, es sin duda un jaque al rey que pone fin al juego de la política, en cuanto entra en escena.
La conservación de la “democracia” tiene convulsionado a todos los sectores de la elite participante de las estructuras burocráticas de la política (al “resto” de la gente, le importa bien poco). Algunos (muchos) porque ven peligrar sus puestos, otros (casi todos) porque fantasean con un revival de la dictadura, otros porque sienten vergüenza de que Piñera sea presidente (este es por lo demás, es el argumento que más curiosidad me genera, es como ser mujer golpeada en la clase alta, lo peor es la humillación pública, no importa que te peguen todos los días, sino que los demás sepan que te pegan).
No me extenderé demostrando que tanto Frei como Piñera son lo más repugnante del sistema burocrático en la conservación del capitalismo y en la persecución sin descanso del movimiento social y popular que lucha por la igualdad. Para ello solo baste saber quién es Piñera y recordar que la concertación no solo vendió todo lo que podía vender, sino que también se ha caracterizado por ejercer la represión sin asco hasta el punto de la condena internacional en Ginebra y en todos los otros espacios (http://www.portalnet.cl/comunidad/archive/index.php/t-312007.html). Ni siquiera el derecho de manifestarse lo conservaron, siendo durante este último y popular gobierno en donde se sancionaron leyes que hasta impiden las manifestaciones públicas (ver http://www.elciudadano.cl/2009/08/17/camara-aprobo-proyecto-que-criminaliza-manifestaciones-publicas/). Baste recordar que en Chile se vive en un régimen totalitario, que criminaliza la pobreza, encarcela a los adolescentes pobres, persigue, allana y detiene semana tras semana a los okupas, precariza el trabajo y fomenta la esclavitud de la sobredeuda, impuso la impunidad, monopolizan los medios de comunicación, segmentan la educación para mantener el orden social. Se ejerce violencia concreta y cotidiana, que sólo no se percibe por quien está sentado en tu casa o haciendo el trabajo de la reproducción ideológica, legitimando el status quo o la institucionalidad vigente.
Eso no quiere decir que en el análisis del escenario las cosas no cambien según quien gane, eso seria miope y absurdo, es evidente que el cómo se ordenan las fuerzas político-burocráticas del Estado afectan al movimiento popular y por ello, hay que estar atento a los matices en el triunfo de cualquiera de las DERECHAS:
Ambos escenarios son malos, pues la idea de que la socialdemocracia invada el campo popular, ubicándose como oposición y tensionando todo el tiempo hacia demandas institucionales no significa una solución para la construcción de un poder contrahegemónico. Es decir, nada peor que cuatro años de oposición encabezada por ME-O- Frei-Escalona-Auth, etc. Si gana la concertación, por el contrario, su necesidad de transar a nivel de parlamento con la “derecha” se transformara en el principal argumento para reprimir mapuches, encarcelar okupas y realizar cada día más reformas neoliberalizadoras. Los diputados comunistas en este escenario no son más que una anécdota (pues le deben su cargo al pacto) y a menos que realicen su trabajo afuera del parlamento, instalándose como referentes de la lucha social, negándose a administrar la desigualdad para dar paso a conducir la lucha por transformarla. Eso no lo han hecho ni siquiera a nivel municipal, en donde se han limitado a administrar los programas de gobierno y la pobreza de los municipios, creyendo que este es un problema de eficiencia y no de la lucha de clases.
Las elecciones no transforman radicalmente el escenario de quienes pretenden trabajar por la transformación social, solo de quienes viven del Estado (no solo en términos materiales y económicos por trabajo, sino también de quienes sustentan sus políticas en la mantención del mismo). A todo el “resto”, nos toca crecer y organizarnos lograr hacer palpable el hecho de que la justicia social solo se puede alcanzar en otro orden social, pues, las contradicciones de la sociedad son materiales, no bastan discursos para resolverlas, hay que fundar un acto de igualdad y luego extraer las consecuencias de aquello para todo el orden social, para ello se necesita fuerza para romper y dar lugar a que lo imposible del acto político se manifieste. Al “resto”, los espectadores de la pugnas de los administradores de la injusticia, nos queda la tarea más importante: Organizarse y luchar.
[1] Alain Badiou en Circunstancias, análisis sobre la elección presidencial abril/mayo 2002.
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