Todos salieron a aplaudir, chilevisión seguía y denunciaba a los infiltrados, y las redes sociales ardían felices de que sus hipótesis se vieran reforzadas, o mejor aún de que sus temores se vieran despejados. ¿Qué temores? El temor de que la movilización social dejara por momentos de ser pacíficos bailes, cantos y “hermosas” marchas y pasara a transformarse en una interpelación violenta y descarnada en pleno centro de Santiago, tan violenta y descarnada como la injusticia social de un país tan desigual como Chile.
Después circulaban videos donde los manifestantes boicoteaban las barricadas de encapuchados deslegitimados, los cuales eran insultados por quienes pretenden defender, golpeados a carterazos por viejitas indignadas que los obligan a sacarse la capucha y por supuesto, ridiculizados por los medios de comunicación que les enrrostran el empañar el “espíritu de la movilización”.
Este fenómeno de deslegitimación del “encapuchado” ha ido creciendo desde el momento en que la masividad de la protesta callejera se empezó a perder y el ejercicio de “salir a la calle” fue cada vez más un ejercicio de menos gente organizada. El espacio para la participación del “lumpen” en saqueos y robos fue directamente proporcional a la caída de la presencia de las organizaciones políticas en la organización de lo que antiguamente se llamaba “autodefensa de masas”.
Las organizaciones políticas fueron cayendo tanto en número como en capacidad de incidir y eso ocurrió debido a la destrucción masiva de las esperanzas de la gente durante el periodo de la concertación. El hito central fue la destrucción del movimiento estudiantil en los años 2001-2002-2003 (durante ese periodo se llego al absurdo en el pedagógico de que no solo se destruyera en términos simbólicos la federación de estudiantes sino en términos materiales destruyendo físicamente el establecimiento)[1].
Por instalar una fecha podríamos decir que alrededor del 2007 se inician los vergonzosos incidentes entre estudiantes y “encapuchados” cuyo episodio más grave fue en la UTEM, lugar en el que se enfrentaron estudiantes que no querían que hubiera toma y encapuchados que iban a cortar Macul. En adelante, estos episodios no dejaron de producirse y masificarse, hasta llegar hoy al absurdo de que en la última marcha de la CUT-CONFECH manifestantes y “encapuchados” se agredieran mutuamente mientras el murallón policial se desternillaba de la risa y les gritaba por altoparlante: “no cometan acciones que empañen la movilización”. INSOLITO.
Francamente, a mí me parece incomprensible que se hable del “espíritu de la movilización” como algo de necesario carácter carnavalesco, un paro nacional es por excelencia: algo con carácter de “PROTESTA” y el organizar y conducir este mensaje es tarea de las organizaciones políticas que están sumando. (No podemos esperar la comprensión de esto de un personaje tan funesto como Martinez porqué está claro que la CUT no tiene ningún interés en defender los derechos de los trabajadores de este país, mucho menos de conducir una protesta nacional, ni lo merece)
Es comprensible, que hoy se promueva generar movilizaciones y actos políticos de carácter masivo, capaces de convocar y sobretodo sumar a cada vez más personas de todos los lugares a las justas demandas que hoy están en la disputa. La necesidad de legitimación de la movilización en las grandes mayorías del país es algo sin duda necesario. Sin embargo, también se requiere dotar a este movimiento masivo de herramientas que le permitan ser consciente de su propio poder. Una masividad aterrada de su posible desborde, desnuda ante la represión, enrabiada contra el impresionante cerco policial, humillada y obligada a marchar por calles minúsculas e invisibles, es una masividad que autodirige su ira, concentrándose en el fetiche de las pequeñas diferencias, confundiéndose de enemigo y olvidando el objetivo.
Una masividad en la cual las orgánicas políticas toman el control de realizar las acciones necesarias para permitirle a los “manifestantes” romper el cerco policial es un indicador de que las organizaciones gozan de buena salud y no le entregan al “lumpen” o al “infiltrado” la responsabilidad de romper (pues lo que rompen son los kioscos y no los cercos policiales).
En este sentido, la capucha no es algo que merezca el repudio social, la capucha es una necesidad para los participantes organizados y valientes que están dispuestos a abrir paso ahí en donde ni el baile, ni los besos, ni las “performace” alcanzan, es una muestra de decisión y de defensa del movimiento social.
La “autodefensa de masas” es una tarea política y ella no consiste en reprimir a los manifestantes sino en encauzar la fuerza de la movilización para alcanzar los objetivos que como movimiento se proponen. El interés que ponen algunos “dirigentes” en separarse de esta tarea, acusando a los que resisten de infiltrados, ultraizquierdistas o aguafiestas es directamente proporcional con el interés que tienen para pasar de la agitación a la conquista real de los derechos. Es sobretodo en el patético caso de Martinez cobardía disfrazada de pacifismo.
[1] Felizmente el movimiento estudiantil es el único con esa magnífica capacidad de renovarse y hoy los podemos ver resurgir.
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